Los siete pecados capitales de la comunicación (I)

Los siete pecados capitales de la comunicación (I)

Los siete pecados capitales de la comunicación (I)

Manuel Campo Vidal define en el libro “¿Por qué los profesionales no comunicamos mejor?” los siete pecados capitales de la comunicación como los errores más frecuentes de los oradores. Estos errores son: la improvisación, la falta de escucha, el descontrol del tiempo, la arrogancia, no saber empezar ni terminar, descuidar la comunicación no verbal y el déficit o exceso de emoción. A continuación, se definirán los cuatro primeros.

En primer lugar, la improvisación indica una previa desilusión y falta de ganas por parte del emisor. Esto se debe a que algunas personas definen el acto comunicativo como algo negativo e incluso llegan a definirlo como un “incordio”. Sin embargo, comunicar es una acción que, si se hace de forma correcta, supone una oportunidad de liderazgo. En el Instituto de Comunicación Empresarial recomendamos no improvisar ninguna intervención. Al contrario, es necesario programar y preparar cada oportunidad comunicativa de manera que, si surge cualquier contratiempo, se pueda saldar de la mejor manera posible.

En segundo lugar, la falta de escucha genera desconocimiento del emisor por parte del receptor. Es importante conocer las opiniones y los hechos que rodean la vida de cada persona a la que uno se dirige. Por tanto, hay que escuchar al receptor para conocer su situación, conectar con él, y si es necesario, redirigir los objetivos que en un primer momento se marcó el emisor.

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En tercer lugar, se aprecia en una gran mayoría de los comunicadores un descontrol del tiempo en sus intervenciones. Debido a esta deficiente administración del tiempo, muchas ponencias fracasan.  Está comprobado que la atención de los receptores es menor a partir de los 20 minutos de escucha. Además, es una muestra de respeto hacia las personas que escuchan al comunicador, atenerse a los tiempos marcados.

En cuarto y último lugar, cabe mencionar un mal generalizado: la arrogancia. El acto comunicativo no es un acto donde exhibir todos y cada uno de sus conocimientos sobre el tema tratado. Además, es recomendable utilizar un lenguaje llano y simple donde no haya espacio para conceptos técnicos, pues su función primordial es conectar con el receptor. Así, frente a la arrogancia está la humildad y esta es el ingrediente perfecto para combatirla, y por tanto, para realizar un acto comunicativo sin tintes negativos.

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